Algunos recuerdos no se sueltan.
Hace un tiempo, alguien me escribió para contarme algo extraño. Tenía una cucharilla colgada del retrovisor de su coche.
No era una cucharilla cualquiera. Era una de las que doblé durante un show. La llevaba ahí desde hacía meses.
Hasta que un día frenó en seco… y la cucharilla salió disparada contra el parabrisas. Lo rajó.
No me escribió para quejarse. Me escribió porque no había querido quitarla. Porque cada vez que alguien se subía al coche, acababan hablando de lo mismo. De lo que habían visto. De lo que habían sentido. De lo que había pasado ese día. De cómo era posible.
En el Mundial de Brasil predije el resultado del partido de debut de España contra Holanda para promocionar un festival benéfico. Salí en televisión a nivel nacional y en varios periódicos.
Pero curiosamente, no es eso lo que la gente recuerda. Recuerdan lo que pasa cuando lo viven en directo.
Hay una frase que lo resume bien:
“La gente olvidará lo que dijiste, olvidará lo que hiciste, pero nunca olvidará cómo le hiciste sentir.”
Yo me dedico a provocar ese tipo de momentos. Trabajo en eventos donde la gente normalmente viene a hacer networking, hablar de trabajo o simplemente cumplir. Y, de repente, la dinámica cambia.
Recuerdos que se transmiten a través del contacto físico. La intuición desafiando a la lógica. Dos personas compartiendo sensaciones a distancia. Durante unos minutos, suceden cosas que no encajan con la experiencia habitual.
A veces ocurre en un escenario, con todo el equipo delante. Otras veces, mucho más cerca, entre grupos, mesa por mesa, en medio de la conversación. Pero el resultado es el mismo.
Durante unos minutos, todo ese ruido desaparece. Y pasa algo que la gente no esperaba.
Y es justo ahí donde ocurre algo interesante. Porque lo que parece imposible durante unos minutos… no tiene tanto que ver con “poderes”.
Tiene que ver con algo mucho más cotidiano. Con cómo interpretamos lo que tenemos delante. Con qué señales decidimos tomar como válidas… y cuáles ignoramos sin darnos cuenta.
Y ese es exactamente el mismo problema que aparece fuera del escenario. En empresas. En equipos. En marketing.
En un entorno lleno de información, ruido y estímulos constantes, la diferencia rara vez está en tener más datos. Está en saber qué mirar. Y qué no.
Ese es el punto de partida del espectáculo. Una exploración muy simple: cómo, en medio de tanto ruido, decidimos qué es importante… y qué no.
Una idea que llevo años viendo de cerca en empresas, trabajando como ingeniero, y que aquí se vive en primera persona.
No es para todo el mundo. Ni para cualquier tipo de evento.
Pero cuando encaja, no se olvida.
Si estás organizando algo y quieres ver si esto tiene sentido para ti, puedes escribirme aquí.